
Era de agobio, de velocidad espeluznante,
maravillosamente abierta
en el fondo de las pupilas en un instante.
Venas de ríos y de nervios,
marea que desemboca en el azul envainado de la médula,
y cuaja invisible la visión de nuestros huesos.
Era quebrando troncos,
arrancando raíces,
extinguiendo la lengua de sus fuegos,
con la brevedad inocular
que la propale a querer reinventar
con manos de incautos la ley,
el tronar supremo del mástil,
la fuente molecular,
su caída al vientre de la Tierra.
Un cuerpo de su concepción corruptible,
un implante,
jardín de injertos,
una selección de embrión donde crear basura vital,
disponer a un grado imbécil de las almas,
de la diminuta copa de la vida hacer un negocio,
una política,
una apropiación federal,
alquimia prejudicial,
prepósteramente haciendo artificios,
haciendo de lo esencial,
del heredado ramo de arquetipos,
del derecho intrínsico,
y único del Ser,
un experimento absurdo.
La yema de la vida se nutre de albumino,
Le nacen venas por donde el alma corre a confluir en el ocaso,
salpicada de estrellas se baña bajo la lluvia,
embebida de lunas se mece entre los matorrales.
Se yergue emotiva,
autónoma,
a dar su primer paso hacia la onírica dimensión
de su desnuda vulnerabilidad,
hacia la crisálida laguna donde se esconde su rostro,
el secreto emergente de su nombre.
©ERA
E. Roxane Aristy